sábado, 2 de abril de 2016

Macarena Moraña: “No tengo demasiado poder sobre lo que escribo, el poder lo tiene la escritura misma, y la escritura es lo que me excede”



La escritora Macarena Moraña estuvo hablando con Entre vidas acerca de su novela Los escarabajos, editada por Alto Pogo, de los sueños que tiene y de sus rituales antes de ponerse a escribir cada historia.



¿Tenes algún ritual en el momento previo a ponerte a escribir?
Tengo varios rituales, pero varían según donde me encuentre o donde me ataque la necesidad de ponerme a escribir. Tal vez el más firme es el gesto de hacerlo a mano, como estoy haciendo ahora, en mi cuaderno, con una lapicera que me permita avanzar con cierta velocidad. Después paso a la computadora y edito. Otro ritual que me funciona bastante bien es el de salir a caminar antes de sentarme a escribir, oxigenarme antes de arrancar. Mi mejor momento para escribir es la mañana.

¿Cómo surge la idea de tu novela Los escarabajos?
Los escarabajos nacieron en el taller literario que tomé con Guillermo Saccomano, a partir de un ejercicio que propuso con la temática de “el doble”. Originalmente fue un cuento largo, pero enseguida sentí la necesidad de abrirlo, de hacerlo crecer, y ahí empezó el viaje, el más intenso hasta ahora en términos literarios.

¿Cómo se dio tu llegada a la editorial Alto Pogo?
Una amiga escritora, Debora Mundani, conocía a Marcos Almada y a su editorial Alto Pogo y también a Los escarabajos, y nos presentó a todos. Le mandé la novela a Marcos y un mes después, un domingo a la tardecita, esa hora en que ya no hay esperanzas, me escribió para decirme que le había gustado y que la quería publicar. Tardé por lo menos dos horas en entender las simplísimas palabras del mensaje, acostumbrada más bien a las idas y vueltas, a los obstáculos, a las roscas. Parecía imposible que fuera así de fácil, pero fue, y eso se sostuvo en el tiempo ya que la novela me allanó montones de caminos, los personajes hablaron por mí y hasta casi te diría que ya se manejan solos.

¿Cuánto tiempo te llevó escribir la historia?
Entre el primer archivo de Word y la última galera, pasaron tres años y medio. La novela tomó mi tiempo, mis días, mi mente, mi corazón. Hubo recreos necesarios, también hubo momentos de mucho trabajo. Iosi Havilio fue mi guía en la segunda mitad del camino, una grandísima experiencia.




¿Por qué decidiste ponerle como nombre Los escarabajos?
Primero fue por la traducción de The Beatles, pero después le fui encontrando otras connotaciones. Mis muchachos son algo descuidados, viven en un barrio poco glamoroso del conurbano, durante los ambiguos y extraños años noventas. Tanto la época como el barrio como sus familias van haciendo de ellos suertes de bichos, de pequeños seres negros, oscuros, como son los escarabajos. Y otra razón posible que me gusta mucho, tiene que ver con eso que les ocurre a este tipo de insectos cuando quedan patas para arriba: no pueden levantarse solos, por sus medios, necesitan del empujón de otro. Y a mis pibitos les pasa eso, son dependientes los unos de los otros, sobretodo cuando hay que volver de una caída que te dejó manoteando el aire con desesperación.

¿Qué tiene Macarena Moraña del protagonista Juan?
La historia de Juan no es la mía, pero en él vive la orfandad, un estado que no me es ajeno. Tuve una infancia de una abundancia material enorme y con ausencias afectivas igual de grandes. Deje de ver a mi padre a mis diecinueve años y mi madre murió a mis veintiuno. Con esas partidas concretas terminé de entender que la orfandad es un estado, una sensación que te abarca, en mi caso desde chica. Escribiendo intento darle forma al vacío y convertir las ausencias en entidades, pero no con la pretensión de comprender, sino, simplemente, de hacerle caso a lo que se me impone. No tengo demasiado poder sobre lo que escribo, el poder lo tiene la escritura misma, y la escritura es lo que me excede.

La novela habla de caer y volver a levantarse, habla de ir en busca de sus sueños. ¿Qué sueños tenes?
Sueño con tener una casa cerca del agua, río o mar, donde cocinar, leer y escribir. Sueño con que la felicidad dure periodos cada vez más prolongados. Sueño con el mejor de los futuros para mis hijas y para mis libros. En definitiva, aunque sea un desparramo de glucosa, el sueño siempre es el mismo: vivir el amor en sus tantísimas formas, desde un vaso de vino tinto, hasta las charlas infinitas con mis amigos o leerle en voz alta a alguien que me gusta mucho un texto que me complazca haber escrito.

¿Con qué se va a encontrar el lector que todavía no leyó tu novela?
Se va a encontrar con la historia de un grupo de amigos posibles, vivos, porque son más o menos como los que pudimos o podemos tener todos, hayamos hecho más menos lío, consumido más menos drogas, más menos sexo, pero habiendo transitado el rock and roll que es la adolescencia.

¿Qué objetivos tenes dentro del ambiente literario?
“Ambiente literario” me remite a un living de pisos de madera, alfombra mullida, hogar a leña, música clásica y paredes atestadas de libros entre los que me paseo con mi vasito de whisky on the rocks, saludando amigos, colegas, con los que mantenemos conversaciones profundísimas sobre libros que no leímos. Pero hablando en serio lo que me gustaría que pase con mis libros es lo que viene pasando multiplicado por mil millón: que me lean cada vez más lectores, que disfruten de la literatura que hago, que puedo hacer.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy en un momento de mucho zapping. Entro en un cuento, lo dejo reposar, escribo una crónica, mando larguísimos mails con ejercicios que invento como invento mis ficciones, escribo una reseña, leo la novela que me viene convocando, le agrego un par de palabritas, retomo aquel cuento y termino escribiéndole una carta a alguien que amo. Estoy felizmente desordenada, pero sé que tanto el libro de cuentos como la nueva novela se bancan mi desorden y mi esquizofrenia porque saben que tarde o temprano me rendiré ante sus caprichos y demandas para salir juntos al ruedo. Y olé.

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