lunes, 28 de noviembre de 2011

Samanta Schweblin: “Todavía me sorprende descubrir como casi todos los lectores optan por la resolución fantástica”




Samanta Schweblin es una de las escritoras jóvenes más importantes de la actualidad y con el correr del tiempo ha conseguido el reconocimiento de críticos, colegas y un gran número de lectores. La autora lleva publicado dos libros de cuentos llamados  “El núcleo del disturbio” y “Pájaros en la boca”, con los que ha obtenido el Premio del Fondo Nacional de las Artes 2001 y el Premio Casa de las Américas 2008, respectivamente. Samanta estuvo hablando con “Entre vidas” para contar parte de su rica historia dentro del mundo literario.



Sos egresada de la carrera de Imagen y Sonido de la UBA, ¿en qué momento decidiste dedicarte a una profesión distinta como es la de escritor?
En realidad, no me dedico todavía cien por ciento a la “profesión de escritor”, de hecho, es muy poco el tiempo que hoy dedico a la escritura a lo largo de toda una semana. Pero poco a poco fueron surgiendo trabajos que rondaban la literatura –dar clases, tener un taller, charlas, eventos- y, aunque sinceramente gano con ellos mucho menos de lo que ganaba con mis trabajos anteriores, siento que permanezco mucho más tiempo en el mundo de la ficción, y así lo prefiero.

¿Qué fue lo primero que escribiste?
Antes de aprender a escribir le dictaba cuentos a mi mamá y ella los escribía por mi en un cuaderno de hojas blancas, dejando los espacios para que yo después haga los dibujos. Pero eso no es exactamente escribir, claro. Mi primer cuento formal, con principio y fin (si es que eso es lo que hace “formal” a un cuento), lo escribí en el primer año del secundario. Era un cuento espantoso: un águila que, parada sobre un acantilado, se preguntaba si debía o no sobrevolar el bosque. “…era lo que más deseaba hacer en el mundo, pero sabía que entre los árboles estaba el cazador, y que, si se echaba a volar, él la mataría…” Así todo, el águila “abría las alas y se echaba a volar, porque la belleza del bosque valía la pena…” y el cazador, por supuesto, disparaba. La historia era larga y empalagosa, y cumplía con todos los lugares comunes posibles. Pero el diario mensual del colegio reservó para mi historia la contraportada del mes siguiente y mi familia estaba muy orgullosa de todo el asunto. Así que yo estaba feliz.


¿Cuáles fueron los escritores que te marcaron y ayudaron a pulir tu estilo?
Los que me marcaron fueron los que leí en mi adolescencia: Kafka, Dostoievski, Vian, Bradbury, Ballard… Los que me dieron las mejores lecciones de estilo fueron en gran parte los norteamericanos, desde Hemingway y O’Connor a Salinger, Carver, Cheever… Siempre admiré el control y la precisión absoluta de estos autores sobre sus textos.

¿Qué cambió en tu vida tras obtener una serie de premios literarios por tus libros “El núcleo del Disturbio” y “Pájaros en la boca”?
Muchas cosas. Algunas pequeñas, pero importantes. Cambió definitivamente mi profesión, porque me dieron el empujón final para pasarme completamente a este otro lado del mundo, que es el lado de la ficción. Me dieron nuevos y buenos amigos. Me abrieron las puertas a varios viajes y traducciones. Y me dieron un montón de problemas con la AFIP, donde que por más que explico y explico que mis viajes son invitaciones extranjeras, no pueden entender como un monotributista clase B viaja “inadmisiblemente” por todo el mundo.

Hasta el momento publicaste libros de cuentos, ¿tenés pensado escribir alguna novela?
No por ahora.

Pasaron siete años entre la publicación de “El núcleo del disturbio” y la salida de tu libro de cuentos “Pájaros en la boca”, ¿qué hiciste en ese intervalo?
Bueno, ya estás peor que los de la AFIP. La verdad es que después de terminar “El Núcleo…” pasé un par de años sin escribir absolutamente nada. De hecho, lo mismo está pasando con “Pájaros…” Recién este año volví a sentarme a escribir. A mi no me funciona eso de escribir todos los días. Funciono un poco como una esponja: tengo períodos de absorción de información y material, y períodos producción. En el primer período también escribo, pero difícilmente termine algo. Empiezo miles de historias, escribo cosas que no vienen ni van a ningún lado, leo mucho, pierdo el tiempo activamente. La segunda etapa se da en períodos más breves de tiempo, quizá porque justamente ya tengo material dando vuelta hace tiempo.

¿Qué método de escritura tenés? ¿Escribís a partir de imágenes? ¿Tenés que saber el final del cuento antes de empezar a escribirlo?
A veces sí, a veces no. Prefiero escribir sabiendo el final, porque es mucho más fácil avanzar sin bifurcarse o aburrirse a mitad de camino. Pero a veces solo hay un principio, y trabajo igual hasta encontrar qué es lo que quiero contar. Ese es el tipo de cuentos en los que hay que arremangarse para quitar y reescribir bastante.

En tus cuentos predominan historias fantásticas y con toques de terror, ¿es el estilo con el que más cómoda te sentís?
En realidad, de todas las historias del último libro solo dos de ellas son efectivamente fantásticas, el resto deja abierta la decisión al lector. Todavía me sorprende descubrir como casi todos los lectores optan por la resolución fantástica, y casi ninguno por la realista. Es esa brecha la que me gusta. Avanzar con un pie sobre lo real y otro sobre lo fantástico, creo que eso es incluso lo que asoma los cuentos hacia el terror: la posibilidad de que lo fantástico esté tan, pero tan cerca de lo real.


¿Por qué no es tan habitual que en la Argentina se editen publicaciones del género fantástico?
Bueno, fue muy habitual en generaciones anteriores. Gran parte de la mejor cuentística rioplatense es fantástica: Borges, Bioy Casares, Di Benedetto, Ocampo, por seguir nombrando siempre –injustamente- al puñado más conocido. Y tampoco creo que esta generación esté tan corrida de ese lugar. Creo que lo aborda pero desde otro lugar. Pienso en los cuentos de Pedro Mairal, de Mariana Enríquez, de Federico Falco…

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy con un nuevo libro de cuentos.

Contame de los viajes que estás haciendo…
Los próximos son a Costa Rica y a Brasil, a presentar el libro. Y en Mayo del año que viene me voy a vivir un año a Berlín, con la beca de la DAAD. Así que ya estoy estudiando alemán.

¿En qué momento pensaste que podías vivir de la literatura?
Todavía no me lo creo, cada mes me parece un milagro. A veces siento que no me lo merezco y temo que, si me descubren acá escondida trabajando en algo que me gusta, me den condena perpetua en un call-center.

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