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miércoles, 15 de julio de 2020

César Díaz: “Mis relaciones familiares fueron el eje”





El escritor César Díaz habló con Entre Vidas acerca de su novela En la semilla está el aroma, publicada por También el caracol editora.



¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
En general escribo en bares y cafés de mi barrio. Me llevo algún libro y un cuaderno. Los bares dan una sensación de invisibilidad que me permite aflojarme más. Los mozos son ángeles guardianes que custodian mi escritura. Después corrijo en casa, con la PC entre paciente y paciente.

¿Con qué frecuencia escribís?
Hay veces que escribo todos los días, y hay veces que sólo escribo una o dos veces por semana. A veces surgen temas demasiado fuertes y sólo anoto algunas ideas para poder desarrollarlos con un poco más de distancia.

¿Cuál fue la imagen disparadora que dio inicio a la historia de tu novela En la semilla ya está el aroma?
Me caí en la calle sin ningún motivo aparente. Me lastimé y me asusté. En vez de sangre me empezaron a aparecer historias que fui hilvanando como pude. Mis relaciones familiares fueron el eje.

¿Cómo construiste la voz del narrador de la historia?
La voz del narrador va cambiando con cada historia. Si bien la letra y la historia son las mismas, la música y la voz van cambiando en cada momento.

¿Cómo se dio la posibilidad de publicar el libro con También el caracol editora?
Envié la novela a la editorial a ver qué les parecía. Cuando me contestaron que estaban interesados fue una gran alegría y una gran sorpresa. Fue una botella arrojada al mar y que terminó en buen destino.  No sólo por la bella edición sino por el trato respetuoso, cuidado y afectuoso de los editores.

Para el que todavía no leyó el libro, ¿con qué se va a encontrar?
Se va a encontrar con un pedazo de vida. Momentos intensos que se van hilvanando y que inevitablemente me reflejan y posiblemente reflejen de alguna manera al lector.

¿Qué temas te movilizan para escribir?
Principalmente la naturaleza humana. Si bien nunca me propuse “voy a escribir sobre la naturaleza humana” viendo los resultados, el motivo principal en general es eso. Soy un amante del psicoanálisis y de la fotografía y me da la impresión de que muchos de mis textos son la intención de describir pequeños o grandes asuntos que quizás duren un instante, como un insight en análisis o un satori en el budismo.

¿De qué temas aún no escribiste, pero te gustaría hacerlo en un futuro?
Más que de un tema en particular, me gustaría poder escribir desde el punto de vista de una mujer. No una historia de una mujer ni qué piensa.  Poder conseguir hablar desde la visión femenina en toda su igualdad y en toda su diferencia. Me queda mucho por aprender y por desaprender.

¿Qué libros de los que hayas leído últimamente recomendarías? 
Informe sobre Moscú de José Sbarra, El sufrimiento de los seres comunes de Saccomanno, Ramitas de Carlos Battilana y el libro doble Medidas de urgencia de Gabriela Luzzi junto a Tenemos que hablarlo de Ariel Bermani.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Actualmente estoy trabajando un libro sobre la amistad y otro sobre la época del proceso cívico militar.




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sábado, 23 de mayo de 2020

Flavia Propper: “Me resultó muy divertido escribir los monólogos con personajes tan diversos”






La escritora Flavia Propper habló con Entre Vidas acerca de su libro En boca de todos publicado por Azul Francia Editorial y contó que es una novela, pero escrita a base de monólogos. Además, adelantó que está componiendo letras de canciones que próximamente formarán parte del grupo Mar Abierto.





¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No tengo rituales para escribir pero suelo prender el hornito aromatizante con esencia natural de eucaliptus. A veces busco música que me ayuda a generar un clima particular, por ejemplo, si estoy escribiendo algo dramático puedo escuchar “Claro de Luna“ de Beethoven.

¿Con qué frecuencia escribís?
Muy seguido porque, además de escribir por placer, muchas veces siento una especie de necesidad casi fisiológica. Así como puedo sentir hambre o sed, a veces me viene un deseo o necesidad fuerte de escribir. Rara vez me surge una idea “acabada“, en general comienzo con un pequeño esbozo, una idea muy pequeña y a medida que escribo se va desarrollando la historia y me sorprendo a medida que plasmo las ideas en la computadora. Suele pasar que no sé qué sucederá un segundo después o cómo terminará. Si estoy escribiendo una novela, le dedico mucho tiempo porque me surge esa “necesidad“. También escribo cuentos y letras de canciones cuando me surgen esos “brotes de inspiración“.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Mi mamá, Esther, que es muy lectora y siempre me llevaba a librerías para elegir libros o me traía de sorpresa. Ir a una librería antes de ir de vacaciones a Claromecó era un ritual Infaltable y muy esperado. Mi infancia estuvo rodeada de libros de estudio y de literatura.

¿Cuál fue la imagen disparadora que da inicio a la historia de tu novela En boca de todos?
Es difícil pensar cuál fue la imagen disparadora. Originalmente la novela se inició como una trilogía de monólogos: un profesor de yoga, una psicóloga y una mujer que padece el maltrato de su marido y va a yoga y a terapia. Los tres monólogos estaban entrelazados y mencionaban a Carolina (el profesor es el novio, la psicóloga es la madre). Luego ese mundo comenzó a crecer y aparecieron muchísimos personajes enriqueciendo el mundo de Carolina que terminó siendo la protagonista en silencio (es el único personaje que no tiene monólogo). Me resultó muy divertido escribir los monólogos con personajes tan diversos y utilicé el recurso del paréntesis para los pensamientos, mostrando muchas veces la distancia entre aquello que se dice y aquello en lo que se piensa.

¿Por qué le pusiste ese nombre?
“En boca de todos“ porque Carolina, que es la protagonista, está en boca de todos, todos hablan de ella, incluso a veces frente a un mismo hecho diferentes personajes lo vivencian de diferentes maneras. Además me parece un nombre interesante porque es una frase que está en el imaginario colectivo. Y el subtítulo: “monólogos de novela“, porque son un conjunto de monólogos que leyéndolos de principio a fin conforman una novela donde los personajes y las historias se entrelazan, crecen, evolucionan. Es una novela pero escrita en base a monólogos.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con Azul Francia Editorial? 
Me contacté con la editora, Francisca Mauas, con quien habíamos compartido la publicación de cuentos en el libro “Letras y Cine“ (una compilación de Diego Paszkowski). También participamos en algunos eventos vinculados a la presentación y la lectura de los propios cuentos de ese libro con fondo de películas (un proyecto muy interesante que surgió de Francisca Mauas y Sebastián Piasek).

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Mi escritura se nutre de temas cotidianos, me apasiona la riqueza de los personajes que están a nuestro alrededor, soy observadora de los detalles, de los micromundos. Igual, cuando escribo no suelo hacer referencias o inspirarme en alguien puntual. Jamás interpreto o analizo el origen de las ideas,  de los personajes o de los hechos. Dejo fluir la creatividad sin juzgarme.

¿De qué tema que todavía no hayas escrito te gustaría hacerlo próximamente? 
Es una pregunta interesante pero difícil de responder porque no escribo por objetivos o por intereses puntuales. La inspiración llega con el tema, por ahora no elegí qué escribir sino que “fui elegida“ para escribir aquello que surgió sin proponérmelo.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
Hay dos libros que me gustaron muchísimo y no son de literatura pero me conectaron de un modo especial con la creatividad: “Escribir y callar“ de Nuria Amat y “Free Play. La improvisación en la vida y en el arte“ de Stephen Nachmanovitch.

¿En qué nuevo proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy componiendo letras de canciones. A veces “aparece“ la letra sola y también me  ha pasado de crear la letra y la melodía. Próximamente las letras estarán convertidas en canciones del grupo Mar Abierto.



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lunes, 27 de abril de 2020

Luciana Zavattaro: “Me gusta escribir sobre todo lo que me genere curiosidad”






La escritora Luciana Zavattaro habló con Entre Vidas acerca de su libro La sombra de tinta negra y adelantó que está trabajando en la reedición de dicha novela. Además, armó junto a un colega la antología Metanoia que incluye doce relatos de autores nacionales y cuya ganancia de este proyecto van directo a la cruz roja.





¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Me gusta escribir en invierno. Tengo un hogar en casa y suelo sentarme a escribir cerca de él. De noche, en la oscuridad. Me compré unos lindos auriculares y siempre los uso cuando escribo. Trato de elegir una melodía que me sitúe en la escena y me ayude a percibir mejor las situaciones.

¿Con qué frecuencia escribís?
Hay momentos y momentos. Pero suelo escribir mucho. Sólo descanso unos meses cuando terminó algún libro y necesito despegarme de una historia.

¿Cuál fue la imagen disparadora que dio inicio a la historia de tu novela La sombra de tinta negra?
No sé si hubo una imagen disparadora. Pero sí hay una imagen que pienso, representa la historia. Y es una persona mirando su propia sombra y preguntándose quién es.

¿Cómo se dio la posibilidad de publicar el libro con la editorial Autores de Argentina?
Publicar un libro con una editorial en modo tradicional, (es decir que ellos inviertan el dinero y se encarguen de todo) es muy difícil para un autor novel. Por lo tanto, yo entendí que siendo mi primer libro, para darme a conocer, tenía que financiar y mover todo yo.
Lo bueno de este método de publicación es que los derechos nunca dejan de ser tuyos.
Como confío en la trama de la novela, después de que salió la primera edición y después de unos meses y de que su nombre anduviera sonando por las redes, empezaron las tratativas para republicarlo con una editorial internacional, en una tirada mayor y con una inversión económica de su parte.

Para el que todavía no leyó el libro, ¿con qué se va a encontrar?
Se va a encontrar con una novela policial, que trascurre en Argentina. Una historia con asesinatos, suspenso, y un misterio a resolver. Un viaje de sombras, que lo va a tener teorizando durante toda la lectura.

¿Qué temas son los que te movilizan a escribir?
Me gusta escribir sobre todo lo que me genere curiosidad. Porque eso implica una investigación y al mismo, una conclusión, un aprendizaje. Me gusta escribir sobre las cosas que no se dicen. Misterios universales, preguntas religiosas que todavía no se respondieron, conspiraciones, etc. Siempre desde un lugar realista, fundamentando mis teorías con información que le brinde una mayor credibilidad a la historia.

¿De qué tema todavía no escribiste pero te gustaría hacerlo en un futuro?
De muchos. Escribí sobre religión, secretos de estado, asesinos obsesionados, trastornos psicológicos. Hay algunos temas sobre los que empecé a escribir hace poco, pero que me dan miedo y por eso los voy redactando muy despacio.

¿Qué libros de los que hayas leído últimamente recomendarías?
Un clásico, “El principito” Si no lo leyeron, lo recomiendo y si ya lo leyeron, les recomiendo una relectura durante este periodo. Es un libro hermoso.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy trabajando en la reedición de La Sombra de Tinta Negra. Y en una novela de terror religioso. También estoy inmersa en un proyecto que armamos con una colega, y que por suerte ya vio la luz. Se trata de una antología de cuentos sobre la pandemia. Lo sacamos hace poquitas semanas. Se llama “Metanoia”, e incluye relatos de doce escritores nacionales. Las ganancias de este proyecto van directo a la cruz roja.




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viernes, 10 de abril de 2020

María Laura Pérez Gras: “Lo que más me interesaba narrar eran los vínculos humanos y sus formas o posibilidades desde el confinamiento”





La escritora María Laura Pérez Gras habló con Entre Vidas acerca de su novela El único refugio publicada por Ediciones Corregidor y comentó que la historia surgió tras la caída de las Torres Gemelas cuando a su hermano lo detuvieron en Estados Unidos, donde residía hacía años y de manera legal, por una interpretación de su situación y de su documentación, y como no pudieron deportarlo inmediatamente, lo enviaron a la cárcel estatal con presos comunes.




¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir? ¿Con qué frecuencia escribís?
Si escribo poesía es un impulso del momento, es más bien un estado de ánimo. En cambio, la narrativa es más mental para mí. Es un juego de posibilidades. Paso meses, a veces años, rumiando una idea, hasta que un día no puedo más, y tengo que sentarme a escribir para que salga de una vez. Y termina pasando que sale como si alguien la dictara, porque ya estaba muy trabajada en mi cabeza. De todos modos, creo que no funciona así por elección, es porque vivo de otras actividades relacionadas con la escritura, y la ficción siempre queda pospuesta para “cuando pueda”; pero eso nunca pasa, hasta que finalmente decido que ya es momento de que esa ficción en particular salga de mi cabeza y sea un texto. De manera que la frecuencia con la que escribo es muy irregular. A veces sueño despierta con esas residencias para escritores en el extranjero o en el sur para por fin poder escribir lo que tengo ya tan pensado. Y después caigo a la realidad y recuerdo que también soy madre de tiempo completo.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Mis viejos son muy lectores, pero no me leían a mí como yo les leo a mis hijos. Descubrí la literatura por mi cuenta, muy pronto como lectora, y nunca la abandoné. A los ocho años supe que quería ser escritora tras devorarme los libros de Louisa May Alcott y una selección infantil de Las mil y una noches durante un verano con mis abuelos en Santa Teresita. Tengo el recuerdo de un intento de novela titulado “Tres amigas” de esa época. Y aún guardo poesía escrita en los primero años de mi adolescencia. A los 18 años gané un premio de poesía en inglés en un concurso lanzado por un museo durante mi intercambio estudiantil por el Rotary en el Estado de Nueva York, y eso me terminó de confirmar que mi camino eran las Letras y las Lenguas.
Por otra parte, mamá es profesora de inglés y traductora pública. Mi crianza fue bilingüe en casa, aunque nunca fui a un colegio de doble escolaridad. Cuando yo estaba en el Secundario estudiábamos francés juntas. Compartimos el gusto por las palabras y las lenguas desde que tengo memoria. Somos de buscar etimologías y acepciones. Ya en la carrera de Letras, estudié Griego y Latín e Historia de la Lengua con mucho placer. Por esos años, preparé a mi hermano para rendir sus niveles de inglés americano porque se iba a estudiar a los Estados Unidos. También trabajé como profesora de inglés particular y en escuelas durante muchos años; así tuve mis primeros ahorros y financié mis viajes por Europa a una edad muy temprana, 16 y 19 años. En mi familia las lenguas siempre estuvieron relacionadas con lo afectivo y también con la apertura de oportunidades. Ahora mamá asiste a mis talleres de lectura y escritura. Es un círculo vital y afectivo que nos mantiene conectadas.
Pero el gusto por el arte de narrar me viene de mi abuela paterna, Remedios. Era la narradora oral de la familia. Con una memoria prodigiosa que nunca tendré. Murió hace dos años, a los 99. Y todavía era un placer escucharla. Cuando ella tomaba la palabra el mundo se detenía. Y su sentido del humor era sublime. Pícaro pero sublime. La disfruté mucho. Me enseñó que cada palabra se saborea, como cada cucharada de la paella valenciana que también me enseñó a cocinar. Y que lo no dicho en un relato es tan o más importante que lo que se dice. Como en las recetas de cocina. Ella podía crear un clima con una pausa, o una mirada. A veces intento llevar eso a la escritura y me encuentro con sus ojos chiquitos y con su carcajada. Porque se reía así, a carcajadas. Y era contagioso.

¿Por qué decidiste que tu nueva novela se llamara El único refugio?
Justo en estos días es el primer aniversario de la aparición de El único refugio, porque salió en marzo del 2019 y se presentó el 30 de marzo en la bella librería Caras y Caretas, con la inmejorable compañía de las escritoras Débora Mundani y Mercedes Giuffré.
La novela primero se llamó Cuadernos desde la Cárcel, desde años antes de su escritura, cuando la pensaba, hasta días antes de cerrar la publicación, porque yo nunca había pensado que se publicaría y que entonces tendría que elegir otro título que no fuera el del material con que había trabajado para crear la biografía novelada de Gramsci, que está contenida en la novela. Era el título más natural del mundo para mí. Y lo fue por más de una década, porque escribí la novela en 2008, durante el embarazo de mi primer hijo. Pero luego estaba toda la cuestión legal y no tenía sentido meterse en ese conflicto. Entonces, hice lo que se suele hacer: buscar el título en una frase significativa que estuviera ya en el texto, como un animal críptico y sugerente, agazapado tras el follaje de letras, esperando ser descubierto.
Y, entonces, apareció “El único refugio”, que cubría tantas aristas de sentido en los distintos planos narrativos que tiene la novela: el refugio ambiguo que puede ser una cárcel para un perseguido político;  el refugio que resultan ser la lectura y le escritura, aún en los trances más terribles de la existencia; y, por último, ese refugio impenetrable y verdaderamente único, que es la mente, donde siempre existirán las puertas sin llave de la imaginación.

¿Cuál fue la imagen disparadora que dio lugar el inicio de la historia?
Más que una imagen fue un acontecimiento: tras la caída de las Torres Gemelas, mi hermano fue detenido en su ingreso a los EE.UU., donde residía hacía años y de manera legal, por una “interpretación” de su situación y de su documentación, y como no pudieron deportarlo inmediatamente, lo enviaron a la cárcel estatal con presos comunes. Esa experiencia fue lo suficientemente provocadora como para lanzarme a imaginar las posibles consecuencias del permanente atropello que el “sistema” realiza sobre la integridad física y psíquica de las personas con miras a un supuesto bien común. Llegué a grabar a mi hermano en una especie de reportaje para registrar la experiencia de la forma más vívida posible en ese momento.
Dos años después, en una clase de un posgrado en Educación, la profesora se detuvo unos minutos para contarnos detalles de la vida de Antonio Gramsci que excedían el marco de la teoría pero que para mí fueron fuegos artificiales. Volví todo el viaje en auto desde la Capital hasta Tigre atando mentalmente los cabos de las dos historias que se cruzarían en la novela. Y todavía me tomé otro año más para sentarme a escribir. En este tiempo devoré todo el material que pude sobre Gramsci y su vida, y lo más jugoso para la ficción resultaron ser sus cartas. Lo que dicen esas cartas aparece de una manera u otra en la novela. En definitiva, lo que más me interesaba narrar eran los vínculos humanos y sus formas o posibilidades desde el confinamiento.





¿Cómo fue el proceso de construcción de Esteban, protagonista de la novela?
Es tan conspicua la figura de Antonio Gramsci, el co-protagonista durante la segunda mitad de la novela, que el personaje de Esteban, al principio, me resultaba insignificante en comparación. Aunque Gramsci fue un hombrecillo maltrecho y pequeño, y Esteban está inspirado parcialmente en mi hermano, un atleta universitario, yo me cuestionaba por otro tipo de estatura, claramente. Pero pronto comprendí que ese joven argentino que yo imaginaba, de clase media-alta y grandes aspiraciones, con un resentimiento irreflexivo hacia su propio país, inculcado por padres que perdieron sus ahorros tras la crisis del 2001, y poca experiencia de vida propia aún, era el contrapunto ideal para hacer dialogar los dos confinamientos impuestos por Estados abusivos –uno, en la Italia de Mussolini, como consecuencia del fascismo; otro, en Miami, como consecuencia de las medidas extremas tras los atentados en territorio norteamericano y la paranoia frente al terrorismo islámico– con el objeto de mostrar y contrastar las reacciones, el comportamiento, la resiliencia, las reflexiones de cada uno, en lo que podría ser un estudio antropológico si no fuera un juego de la ficción.
Gran parte del trabajo final que hice sobre la novela dos años antes de pensar en publicarla fue la puesta en valor de la figura de Esteban como representante de mi generación, de los que estamos ahora cerca de los cuarenta, que fue la que protagonizó un exilio masivo tras la crisis del 2001, de la que se habló también con la expresión “fuga de cerebros” dentro de los espacios de ciencia y técnica en los que yo trabajo. Yo decidí quedarme pero fui testigo directo de ese fenómeno, del que se dice muy poco en la ficción argentina. Hay mucho escrito sobre los exilios de las oleadas inmigratorias de entre siglos y principios del siglo XX, y otro tanto sobre los exilios provocados por las dictaduras militares, pero creo que este exilio protagonizado por mi generación está prácticamente ausente en la narrativa actual como temática.

¿Con qué se va a encontrar la gente que lea la novela?
Me gustaría responder esta pregunta a partir de los comentarios de algunos de los lectores que me hicieron llegar sus impresiones. Lecturas hay tantas como lectores, pero hubo algunas que me resultaron muy significativas. Esta es una novela que narra dos esperas: una más corta pero intensa; la otra más larga y trascendente; ambas, profundamente introspectivas. Y estas esperas se realizan en contra de la voluntad de los protagonistas, por lo tanto, deben lidiar con todo lo que eso implica. Muchos lectores me contaron que casualmente la leyeron en aeropuertos, esperando subir a sus vuelos; algunos, ya en viaje; otros en hospitales, esperando la recuperación de un ser querido; y ahora, varios la están leyendo durante la cuarentena.  Hay mucha conexión entre lo que viven los personajes y lo que estamos atravesando como sociedad hoy. Y yo no dejo de pensar en lo poderosa que es la literatura, que puede referir a dos situaciones de prisión anteriores pero engranarse con sentimientos y sensaciones de quienes viven hoy experiencias parecidas y buscan sus propios “refugios” o mecanismos creativos de supervivencia.
Ni bien salió la novela las lecturas pasaban más por la cuestión de las migraciones y los refugiados, que era el tema del momento. Había asumido Trump la presidencia de los EE.UU. y empezaba la locura de la persecución a los inmigrantes y la detención de niños en las fronteras. Y al mismo tiempo estaba creciendo la terrible travesía de los refugiados sirios y de los africanos a la deriva por Europa. La gente pensaba que yo había escrito la novela a partir de estos acontecimientos internacionales pero fue solamente una cuestión de sincronía.
Lo mismo pasa con la creciente atención que se le está dando a la figura de Gramsci, y no solo a sus ideas, sino también su vida. La querida poeta y periodista cultural Sandra Pien me envió hace unos días un artículo muy interesante que enumeraba estas producciones reciente en el mundo. Yo lo veo como un síntoma de época. Cuando los discursos de Trump y Bolsonaro retumban en los extremos de América  y se radicalizan tendencias de derecha en Europa, es solo natural que la palabra de quienes combatieron esas ideas recupere relevancia.
Una de las lecturas que más atesoro, me la envió por correo electrónico un colega profesor universitario e investigador que admiro mucho, Fernando Reati, quien es justamente un inmigrante argentino en los EE.UU, aunque emigró hace ya muchos años. La lectura de mi novela lo llevó al recuerdo de su propia experiencia como preso político en Córdoba durante la última dictadura militar y de la correspondencia clandestina que logró escribir y enviar a su familia durante ese confinamiento. Me escribió en ese mensaje que justo cuando leía la novela estaba trabajando en su próximo proyecto con esas cartas. Cito sus palabras: “Así que al llegar a la parte de Gramsci, fue notable cómo empezaron a dialogar sus cartas con las que yo estoy trabajando. A veces las cosas no pasan porque sí.” Pero a continuación hizo un comentario todavía más conmovedor para mí: “Para colmo, otro proyecto que tengo detenido pero que sueño con algún día retomar (tal vez cuando me jubile), es sobre las cartas de amor que mi papá le escribía de novio a mi mamá, cuando él estaba preso en Córdoba por comunista en 1943... Mi mamá las guardó, y yo las encontré en una caja cuando ella murió. Son como 100 cartas que él escribió desde la cárcel, tratando de mantener vivo el noviazgo para que ella lo esperara. Así que mirá vos como se unen los caminos: tu novela, Gramsci, mi papá comunista en prisión, las cartas de la dictadura...”

¿Cómo se dio la posibilidad de publicar el libro con Ediciones Corregidor?
Cursé toda la carrera de Letras a una cuadra de la editorial y fue un referente para mí en mis lecturas. Desde que me recibí, me dedico a enseñar Literatura Argentina y recurro siempre a su catálogo para la selección de bibliografía para mis clases. Además, trabajo con María Rosa Lojo hace más de quince años (fue la directora de mi tesis doctoral; también mi directora en el ingreso al CONICET) y ella dirige dos colecciones en esa editorial. Allí publicamos el diario de viaje a Oriente, hasta entonces inédito, de Lucio V. Mansilla, bajo la dirección de María Rosa en 2012, por ejemplo. También formo parte del comité de lectura de pares de esas colecciones desde hace años. Los chicos de Corregidor me conocían por ese trabajo académico. Cuando pensé en publicar la novela no dudé en llevarla ahí. No la envié a ningún otro lado. Sentía mucha confianza entregando el material a María Fernanda y Paula Pampín, y a Norberto Gugliotella, había algo de familiar, aunque aún no teníamos una amistad. La editorial ha sido siempre pionera y, al mismo tiempo, de excelente criterio en sus publicaciones, y yo deseaba que mi novela perteneciera a un lugar así. Lo que nunca imaginé es que no solo la aceptarían, sino que además la incluirían en una de las colecciones que un par de años antes habían lanzado con tanta fuerza y autores premiados: Narrativas al Sur del Río Bravo. Es un honor por el que estoy muy agradecida.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Justamente María Rosa y otra colega amiga, Marina Guidotti, fueron las primeras en notar la relación entre mis temas de investigación en Literatura Argentina decimonónica y El único refugio, y un tiempo después me lo comentó Irene Chikiar Bauer durante otra entrevista: me dedico a estudiar y sacar a la luz relatos autobiográficos de cautivos de los indios en territorio argentino, silenciados por las políticas de Estado desde el siglo XIX, y mi novela aborda otras formas de cautiverio en los siglos XX y XXI, precisamente de presos que también son silenciados por políticas de Estado. Esto no fue algo planificado, ni mucho menos, creo que tiene que ver con un tema que me preocupa y me apasiona desde que tengo memoria: la libertad. Y en consecuencia, me intrigan y preocupan los escenarios en los que existe o surge una forma sistematizada de ausencia de libertad. Supongo que por esta misma razón hace unos años comencé a dirigir un grupo de investigación en el que abordamos un corpus que denominamos “nueva narrativa argentina anticipatoria/especulativa” y estudiamos fenómenos tales como las distopías y las urcronías, que abundan en esos textos. Son todos temas muy afines a lo que estamos viviendo hoy, por la pandemia, en cuarentena.

¿De qué tema que todavía no escribiste tenés pensado hacerlo próximamente?
Me interesa seguir pensando el tema de la libertad, o la falta de ella, en nuevas formas que aún no exploré en la narrativa y la poesía. Otro tema que también cruza todo lo que escribo, en la ficción o la escritura académica, es la cuestión de los estereotipos sociales y étnicos de distintas épocas. Me parece que todavía tengo mucho para decir sobre esto. Me interesaría explorar más las cuestiones de género, por ejemplo. Y quiero vincularme con ciertas cuestiones locales del lugar donde vivo, el Tigre. En distintas formas, todos estos temas están presentes en lo que estoy escribiendo o “rumiando” ahora.

Formas parte del blog El país de la bruma en el que reseñas libros, ¿cómo surgió tu llegada a ese proyecto? ¿Qué libros recomendarías de los que terminaste realizando alguna nota?  
Fui invitada a formar parte de “El país de la bruma”, un blog literario –que yo siento como un espacio cultural–, por su creadora, mi colega y amiga Mercedes Giuffré, también escritora y profesora universitaria. Somos un grupo muy reducido de reseñistas fijas y contamos algunas veces con colaboradores invitados para alguna reseña puntual. El grupo estable está compuesto además por Ayleen Julio Díaz (de Colombia), María José Schamun (de Argentina), Karolina Urbano (de Colombia) y Stefania Veloz Soares (de Ecuador). También hacemos comentarios, entrevistas y notas. Es un proyecto a puro pulmón, que disfrutamos mucho.
En mi caso, todo lo reseñado hasta ahora fue elegido porque me gustó mucho. De hecho, decidí escribir sobre cada uno de esos textos porque disfruté de su lectura y quise compartirla con otros interesados o posibles lectores. Tenemos toda la libertad para elegir los textos sobre los que vamos a escribir y, en mi caso, me suelo acercar a los que intuyo me gustarán o interesarán por alguna razón en particular. Tengo el tiempo contado para leer, igual que para escribir, y eso me hace desarrollar un cierto sentido de la anticipación dentro del malabar de escrituras y lecturas en que a veces me encuentro.
Casualmente, el blog también está de aniversario. Pero en este caso, el segundo: el 12 de marzo cumplimos dos años.
Como Entre Vidas, Solo Tempestad, u otros espacios literarios que circulan por las redes, El país de la bruma intenta ser una plataforma desde donde se busca colaborar con que la buena literatura circule. Es un placer ser parte de un proyecto así.




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domingo, 10 de noviembre de 2019

Martín Di Lisio: “Tuve mucha influencia de mi paso por la carrera de Antropología”





El escritor Martín Di Lisio habló con Entre Vidas acerca de su novela Paraguay publicada por Alto Pogo y contó que la imagen disparadora que dio lugar a la escritura de la historia se dio mientras cuidaba a su abuela en un hospital de Loma Hermosa. Además, el autor adelantó que está terminado de corregir su segunda novela y a mitad de camino de la tercera.



¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Necesito que haya silencio, y un mate a mano si es de mañana, o un té si es de noche.  Suelo leer en voz alta los últimos párrafos del día anterior, para reconectar con el clima y el tono.

¿Con qué frecuencia escribís?
Actualmente, dos o tres veces por semana. Pienso todo el tiempo en lo que estoy escribiendo, pero encontrar el momento de sentarme a escribir me está costando. No hace mucho que prefiero las mañanas a las noches, y eso me ordena un poco el día.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Fue un poco de todo. Mi viejo siempre fue lector de historietas, y de ahí vienen mis primeras lecturas. Y mi vieja tiene un puñado de libros de un Círculo de Lectores de los años setenta, esos libros también influyeron.

¿Cuál fue la imagen disparadora que da inicio a la historia de tu novela Paraguay?
Yo pasaba la noche en el Bocalandro, un hospital de Loma Hermosa, acompañando a mi abuela que estaba internada, esperando una prótesis para la cadera. Y a la noche, yo ya estaba  dormitando, se escuchó una explosión. Un familiar de otro paciente volvió de afuera y nos contó: habían prendido fuego un camión de reparto en la esquina, y había explotado. Esa imagen, el realismo conurbano como le digo, fue el puntapié para Paraguay.

¿Cómo fue el proceso de construcción del protagonista Cáceres?
El elemento de la niebla en los primeros escritos de la novela fue central para ir delineando a Cáceres. Así llegó su origen: una zona nebulosa como el Amambay paraguayo. Se me hizo un personaje callado, aburrido, que se dejaba llevar por los acontecimientos. La primera versión de Paraguay fue un intento en primera persona, pero me chocaba contra las paredes, porque la visión desde Cáceres era demasiado pasiva y silenciosa.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con Alto Pogo
Conozco a Marcos Almada desde hace años, y siempre estaba latente la posibilidad de mandarle una novela. Cuando la terminé me la pidió, y así fue. Se inició un proceso muy lindo de edición, Marcos es un gran editor.

¿Qué repercusiones tuviste de los lectores de la novela?
Por suerte muchas y muy buenas. Llama la atención la lógica de la comunidad del taller mecánico, esas noches de teatro y otras artes, esos rituales del grupo. También hubo preguntas de ciudadanos paraguayos que llegaron por la tapa. Quieren saber por qué se llama así la novela, qué sucede, qué representa. Otros me hablan del final, de la sorpresa.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Tuve mucha influencia de mi paso por la carrera de Antropología, en mis primeros dos libros hay huella de esas lecturas: religiosidad, simbolismos, rituales. De mis lecturas de libros de no-ficción, salen ideas, datos, geografías. Después está la realidad, que siempre irrumpe con alguna imagen, alguna frase, y eso dispara la escritura. Pero no tengo un listado de temas predefinidos. Hace muy poco un amigo que sigue las carreras de autos, me mostró un video de un accidente mortal del TC, y de ahí salió un cuento. Creo que escribo justamente por eso, porque no tengo manera de predecir qué cosas voy a contar, cuál de todos va a ser mi próximo tema.

¿De qué tema que todavía no hayas escrito te gustaría hacerlo próximamente? 
La música y la pintura también son influencias fuertes en mi escritura. Me gustaría plasmar en un libro, la música de alguno de mis discos preferidos, por ejemplo. No sé cómo todavía, tengo alguna idea suelta, pero eso lo tengo pendiente. Así como también, adaptar a la dramaturgia cierta saga de novelas latinoamericanas. Un trabajo arduo.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
Es una suerte que entre lo contemporáneo y lo vernáculo haya tanto, mucho y muy bueno.  Ahora se me ocurren tres y muy distintos:
Sergio Gaiteri, el cordobés, su libro Nadie extrañaba la luz, editado por Alto Pogo, y también su producción anterior. Me gustó Sara Luna, libro de poesía de Tom Maver, editado por Llantén. Y si quieren un poco de asfixia, lean Trasfondo de Patricia Ratto, una historia de los submarinistas  en Malvinas, editado por Adriana Hidalgo.

¿En qué nuevo proyecto estás trabajando actualmente?
Terminando de corregir mi siguiente novela, me faltan los últimos retoques, y estoy en la mitad de la escritura de lo que sería mi tercera novela. En paralelo, terminé un libro muy corto de poemas, y un próximo libro de cuentos. Ahora a buscar editorial.



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