domingo, 30 de septiembre de 2018

Camila Fabbri: “La vida real tiene tanto encubierto que a veces la ficción pareciera ser una hormiga”





La escritora Camila Fabbri habló con Entre Vidas acerca de su libro de cuentos Los accidentes, publicado por el sello Notanpüan y luego reeditado en conjunto con Emecé.  Además, la autora adelantó que está terminando un nuevo libro de cuentos y está trabajando en una novela-crónica que le exige entrevistar amigos y amigas de su ex colegio secundario.





¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No tengo rituales al momento de escribir; quizás son más bien factores ajenos a mí que se van acomodando por sí solos y dan cuenta de que ese, ese mismísimo instante es el que corresponde para sentarse a trabajar. Por ejemplo, que mi gata Telma se acueste sobre cuadernos y pila de papeles o incluso encima del teclado. Correrla de ahí ya supone un contacto legítimo y comprometido con la computadora. En general si todo se acomoda de manera obligada para el trabajo, puede que escriba solamente dos líneas y las borre a la hora. Escribir, como leí alguna vez que decía D.F Wallace son ocho horas diarias en que unx camina alrededor de la computadora o del cuaderno sin poder bajar nada. Quizás la escritura son solamente diez minutos de todas esas horas que uno dedicó a esa nota que tiene que entregar, o ese cuento, texto, reseña. Se necesita muchísimo tiempo para escribir medio párrafo, y a veces en diez frenéticos minutos se aceleran tres páginas definitorias.

¿Con qué frecuencia escribís?
Escribo a diario. Chateo con amigos, respondo mails, extraigo frases de chats ajenos o propios, frases de esos mismos mails, escribo oraciones que me gustan, frases, imágenes que vi en la calle. Eso es escritura también, entonces podría decir que a diario. Ahora, escritura consciente de asegurar "estoy escribiendo un cuento", eso es una vez a la semana o menos. Son bastante espaciados esos momentos de escritura como tal.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Difícil saber "quién" me inculcó el deseo de leer y escribir. Sospecho que está relacionado directamente con mi madre y mis hermanas, con esa herencia de los libros reunidos en la biblioteca y sin rasguños, e incluso con repetir esa costumbre de leer la misma historia más de una vez y aplicarla en discusiones. Usar lo leído para la conversación diaria, emplear la literatura para la comunicación, apropiarse de palabras de escritorxs que nos conmovieron. Esa herencia, tal vez tan silenciosa, es de las más profundas.

¿Por qué decidiste que tu libro de cuentos se llamara Los accidentes?
Me gustaba cómo sonaba "los accidentes", como una reunión de hechos trágicos o evitables. Es una palabra que no tiene plural, no es posible que varios accidentes sucedan al unísono. Siempre se lo considera como algo que está solo. Me interesó la variante, como un tendal o un ramo de hechos que escapan de las manos.

¿Cómo fue el proceso de selección de los cuentos que aparecen en el libro?
Entregué "Los accidentes" a editorial Notanpüan con un cuento más de los que quedaron en la edición final. Francisco Cascallares, editor primero de este libro, me recomendó que "Añejo" lo dejara para otro libro tal vez. "Añejo" era, más bien, una obra de teatro corta que había escrito y montado. Me interesaba mucho el universo que armaba y lo convertí en cuento, del mismo modo que hice con "condición de buenos nadadores" y con "mi primer hiroshima". Lo cierto es que "añejo" era inconvertible, la acción estaba sujeta al diálogo y no había conversión posible. El resto de los cuentos quedó como fue presentado, aunque alteramos el orden. Es lindo ese trabajo con el editor, editora. Ahora mismo estoy en esa instancia con un libro nuevo que tengo, que sospecho saldrá el año que viene. Todavía no tengo editor o editora, pero me genera mucho deseo esa instancia de corrección y reflexión sobre el primer armado. Creo que el libro se termina de definir todo ahí.

¿Cuál es tu cuento preferido del libro y cuál es el que destacan los lectores?
Mi cuento preferido, hoy, creo que es "condición de buenos nadadores". Es el último cuento que escribí. De los lectores, ¡no sé!

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro?
Acerqué Los accidentes a editorial Notanpuan, tenía en ese entonces 25 años. Publicar me parecía algo imposible, un Everest de mi mundo privado. Dejé el libro y lo olvidé. Al mes me escribieron Francisco Cascallares y Fernando Pérez Morales que querían editarlo; Notanpuan estaba comenzando, tenían en ese entonces seis títulos. Ahora tienen más de diez y tres libros en la feria de Frankfurt. Con Los accidentes viajé, también, a la Feria del Libro de GUadalajara. Notanpuan crece y los autores crecemos a la par. Tenía 25 años y ahora 29. Me gusta pensarlo así.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Es difícil que uno mismo pueda nombrar sus propios temas. Están ahí, dando vueltas en silencio como en loop en la cabeza, constantemente. Identifico algunas cosas que se repiten, tal vez: la infancia, los niños, las niñas, los bebés, lo accidental, la catástrofe, los animales, el silencio animal y la inimputabilidad de engullirse entre ellxs, a veces aparecen cosas más caricaturescas o imposibles, tal vez más fieles a un género fantástico, la maternidad como pantano.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
Ahora mismo acabo de terminar la novela "Los niños" de la escritora colombiana Carolina Sasín, me gustó muchísimo. Hacía tiempo no señalaba tanto párrafo con el lápiz. Y siempre regreso a David Foster Wallace, ahora releyendo "el tenis como experiencia religiosa" e "incendios" de Richard Ford. Soy muy fanática de Sara Gallardo, Leila Guerriero, Patricia Highsmith. No quiero olvidarme de Stephen King como descubrimiento reciente o de Raymond Carver como hallazgo perpetuo.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
No tengo objetivos dentro del ambiente literario. Algún día me gustaría vivir de la escritura; seguir escribiendo durante años y años. Más libros de cuentos, alguna novela, también crónica, un poco de poesía. Que no se detenga el deseo.

¿En qué nuevo proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy cerrando  un nuevo libro de cuentos, que sospecho será para el 2019, y hace unos meses estoy trabajo en una novela-crónica que me exige entrevistar amigos y amigas de mi ex colegio secundario. El género crónica fue un hallazgo que tuve hace un par de años cuando leí "Plano americano" de Leila Guerriero; a partir de ahí seguí indagando y encontré a tantxs y a nuevas e infinitas formas de narrar. La vida real tiene tanto encubierto que a veces la ficción pareciera ser una hormiga. Con esto no quiero desmerecer a nada ni a nadie, no es por nada que la ficción casi siempre es una deformación de la realidad, pero cuando se la escribe tal como es, puede llegar a niveles de construcción altísimos. Al menos eso creo hoy.



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Celina Abud: “Tengo ganas de escribir una novela que hable del lado B de la sexualidad, de lo que no se dice, de lo que hace sufrir”





La escritora Celina Abud publicó el libro de cuentos Alguien con quien hablar con la editorial Crack-Up y habló con Entre Vidas acerca de dicha publicación. Además, la autora contó que actualmente está trabajando en tres cuentos cortos que tocan el tema de la crisis de manera lateral.





¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Me encantaría decir que los tengo, pero no. Soy muy caótica. Ayudó mucho asistir al taller de Hernán Vanoli, quien siempre se portó más como un editor que como un profesor. También me sirvió el intercambio con mis compañeros, cuyas opiniones fueron disparadoras. A falta de rituales, hubo mucha gente que colaboró con alguna idea o contestó dudas, porque en mi caso, un libro no se escribe en soledad. O al menos no me pasó con Alguien con quien hablar. Aunque ahora estoy muy contenta porque voy a sumar algo que cuenta como ritual: por primera vez tendré “un cuarto propio” con buena luz natural, dedicado en forma exclusiva a la escritura y al trabajo. A Virginia Woolf le gusta esto.

¿Con qué frecuencia escribís?
Soy periodista y para que en estos tiempos te cierren las cuentas, tenés que tener más de un trabajo. Por eso, los instantes para la narrativa son cortos, casi nulos. Hay que sumarle además que cuesta poner la cabeza al servicio de la creatividad cuando tu trabajo también es “de escribir”. Me imagino que aprovecho los momentos libres como las parejas con muchos hijos que tienen relaciones cuando todos los nenes se van a dormir.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Soy víctima de una “maldición autogestiva” y los libros no fueron la excepción: al amor por la literatura también me lo inculqué yo sola. Mi casa siempre fue más de la música y mis maestras nunca me recomendaron algo que adorara. Que llegaran los libros a mi vida fue una salvación para mí, que era una nena tímida que pasaba sus recreos leyendo Mujercitas. A la vez, escribir composiciones y poemas me llevó a vivir una vida más luminosa de la que en ese entonces tenía, porque no era la típica “niñita feliz”, sino más bien lo contrario. De hecho, la primera palabra que escribí en mi vida y a los cinco años, fue “harta”, aunque sin h, tras consultar a mis padres qué letra se asociaba con cada sonido. Leer, entonces, era trasladarse a otro lugar y escribir ya era, a partir de mis siete años, una hermosa manera de pasar el tiempo.

¿Por qué decidiste que tu libro de cuentos se llamara Alguien con quien hablar, nombre de uno de los textos?
Fue una suerte de plebiscito. Me costó encontrar un título tanto para el libro como para cada uno de los relatos que lo componen. El primer acercamiento fue gracias a un colega periodista, Lucas Parera, a quien le había dado ese texto para leer y le tiré opciones para titularlo. Fue él quien primero sugirió “Alguien con quien hablar”. Más tarde, en el taller de Vanoli, mi amigo y escritor Matías Amoedo dijo que ese título resumía la esencia de los tres cuentos. Por eso el libro se llama así.

¿Cómo fue el proceso de selección de los cuentos que aparecen en el libro?
Fue atípico. En primer lugar, había escrito el relato “¿Hace cuánto que nos vemos?”, que quedó de 60 páginas en word y así como estaba, no le faltaba ni le sobraba ni una sola palabra.  Era lo mejor que había escrito y sin embargo, era largo para cuento y corto para nouvelle. Entonces pensé en la estructura de tríptico del libro La mujer rota, de Simone de Beavoir y así, de golpe, me vi en la necesidad de escribir dos relatos más que debían ser similares en extensión y en calidad (tenía muchos otros, pero más cortos y de tono distinto). Mi consigna me dio pánico, temía no ser capaz de superarme. Pero después, un hecho casual me impulsó a empezar el texto “Alguien con quien hablar” y lo terminé sin ningún tipo de plan establecido de antemano. “Las agujas” fue el relato que más me costó. De hecho, me tomé una semana de vacaciones en el trabajo para reescribirlo y cerrarlo.

¿Cuál es tu cuento preferido del libro y cuál es el que destacan los lectores?
No tengo un preferido. Podría decir “¿Hace cuánto que nos vemos?”, que fue el que me dio un norte. Aunque también “Alguien con quien hablar”, que  me sirvió para cerrar un duelo personal. Entre los lectores hay una suerte de mano a mano entre esos dos textos, con un ligero favoritismo hacia el último de ellos. “Las agujas” es el menos taquillero, aunque tres personas lo consideraron un favorito, así que tiene su público. Gustó mucho entre quienes hicieron carreras universitarias porque trata de eso.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con Crack-Up
Conozco a Ariel Diaz y Paola Adler desde hace muchos años y vi la editorial nacer. Fui testigo de los primeros lanzamientos. Durante una presentación, le dije a Ariel: “A ver si algún día, cuando termine un libro, me publicás a mí”. Y él me miró con cara de: “Sí, mañana”. Muchos años más tarde le di para leer uno de los cuentos a Paola. Ella es una excelente editora porque es muy meticulosa y tiene una gran mirada. Se lo dí sin especular, lo único que buscaba era un consejo. Faltaba poco para terminar el libro, pero faltaba. Cuando ella terminó de leer uno de los relatos, a mis espaldas hablo de mi proyecto con Ariel y también a mis espaldas, ambos decidieron que iban a publicarme. Antes de terminar de escribirlo, ya tenía una oferta para publicar mi primer libro. Más que una oferta, era una certeza: “Te vamos a publicar”. Imposible decir que no ante tal voto de confianza.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
De lo que incomoda y molesta, de los errores, de la miseria humana, de la hipocresía, de la caída de estructuras, del sufrimiento, de los golpes que te ayudan a aprender, de la humanidad cambiante que hace que una misma persona sea la más buena o la peor. Y también del humor para no dejarse amedrentar por los baldazos de agua fría, de las estrategias que se encuentran para soportar esos momentos.

¿Qué temas de los que todavía no escribiste te gustaría hacerlo en un futuro?
Tengo ganas de escribir una novela que hable del lado B de la sexualidad, de lo que no se dice, de lo que hace sufrir. Y quiero hacerla jodida, pero también con mucho humor, con un humor explícito. Es un proyecto que tengo a mediano plazo.

¿Qué libros o autores recomendarías leer? 
Voy a recomendar algunos internacionales. Intimidad de Hanif Kureishi; Una novela rusa, de Emmanuel Carrère; Las partículas elementales, de Michel Houellebecq, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz y El primer hombre malo, de Miranda July.
Y de argentinos contemporáneos, voy a recomendar tres, el de un hombre, el de una mujer y el de un gran amigo. El primero es Shunga, de Martín Sancia Kawamichi, por considerar que es un libro único del mejor escritor local de esta última y castigada camada de la generación X. El segundo es Una vida en presente, de Paula Puebla, porque su escritura sube la vara, la novela es jugada y su autora, hoy reconocida, siempre se mantuvo en su ley, sin tomar atajos ni caminos fáciles. Y en tercer lugar Efecto tequila, de Matías Amoedo, quien fue el primero en demostrarme mientras escribía esa novela que el humor también puede hacerte llorar, y no de la risa.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Como tengo poco tiempo, estoy trabajando en tres cuentos cortos que tocan el tema de la crisis de manera lateral, porque creo que en estos momentos difíciles sale a relucir lo mejor y lo peor de cada persona. Quiero ahondar en el impacto emocional que produce esta coyuntura en personajes de distintas edades. Por los tiempos que vivimos, tengo muchas ganas de que este proyecto salga bien. Ojalá. 



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sábado, 29 de septiembre de 2018

Miguel Sardegna: “Somos el resultado de nuestras lecturas”





El escritor Miguel Sardegna habló con Entre Vidas acerca de su libro de cuentos Hojas que caen sobre otras hojas publicado por la Editorial Conejos y contó que tiene dos novelas inéditas que no ve la hora de que encuentren lectores.




¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Ninguno, no tengo rituales. Hace unos años probablemente te hubiera confesado un riguroso catálogo de comodidades burguesas. Nada muy excéntrico, pero en ese tiempo estaba convencido de que eran condiciones no negociables: la paz del hogar, con mi biblioteca entera bien cerca, un silencio de encierro, la certeza de que disponía de varias horas, mucho café. Todo eso forma parte del pasado. Ahora escribo robándole horas al día, y a la noche. Luciano cumple dos años en algunas semanas, él es el que impone las condiciones y decide los nuevos rituales de casa. Hoy sé que tengo que aprovechar cualquier oportunidad para escribir, incluso las que surgen en la oficina. ¿Estará bien contar esto?  Pocas cosas me dan más felicidad que robarle horas a mi actividad “productiva”, vestido de saco y corbata. Cuando hago eso, siento que conduzco una pequeña y modesta revolución.

¿Con qué frecuencia escribís?
Con las dificultades que acabo de contar, todos los días.

¿Cómo nace tu amor por la cultura japonesa?
En el principio estuvo la lectura. Llegué a Japón a partir de sus novelas y cuentos. Creo que “Sennin”, de Akutagawa, fue el primer cuento japonés que leí. Fue pura casualidad, como suceden siempre las cosas importantes de la vida. No tenía idea de quién era Akutagawa en ese entonces, mientras pasaba las páginas de ese volumen monumental de Bioy, Silvina Ocampo y Borges: Antología de la literatura fantástica. La nota biográfica que armaron de Akutagawa, de apenas un par de renglones, es una delicia. La recuerdo de memoria, dice: Antes de quitarse la vida, explicó fríamente las razones que lo llevaban a tal decisión y compuso una lista de suicidas históricos, en la que incluyó a Cristo. Gracias a esa antología descubrí a Max Beerbohm, a Villiers de l`Isle-Adam, a Lafcadio Hearn. Es increíble, pero me basta pensar en ellos y mencionarlos acá, para querer releerlos. Esas páginas hicieron mucho por mí, me construyeron como lector y como escritor.
Después llegó Kawabata, con la novela Mil grullas. Lo disfruté sin entenderlo del todo. Creo que hay un goce que precede a la auténtica comprensión. Sentí que en esas páginas saboreaba algo nuevo, diferente a todo lo que había probado hasta entonces. Despertó mi apetito, con Kawabata vino el placer de acercarme a la cultura japonesa.

¿Por qué decidiste que tu libro de relatos se llamara Hojas que caen sobre otras hojas?
El libro tuvo varios títulos. Es curioso eso, porque ahora no puedo imaginarlo con uno diferente a Hojas que caen sobre otras hojas. A Editorial Conejos llegó como Imperfección, que es también el título de uno de los diez cuentos del libro. Hay una visión japonesa de la belleza que se vincula con la sombra, con lo inacabado, con la marca que deja la pátina del tiempo. Con la imperfección. El libro juega con todas esas ideas. Es un libro de cuentos japoneses, aunque atravesados por una visión occidental. A mis editores nunca les convenció el título, aunque no me propusieron alternativas. Ya se te va a ocurrir otro, me decían ellos. Ya va a aparecer el título correcto. El caso es que llegamos a las pruebas de galera y todavía no tenía nada nuevo. Finalmente, una tarde, leyendo haiku, entrando en esa dimensión zen y contemplativa que propone la poesía japonesa, di con Hojas que caen sobre otras hojas. Es algo bien concreto, ¿no? Mucho mejor que Imperfección, que es un concepto abstracto, algo que no podemos tocar, ni ver.

¿Cuál es tu relato preferido del libro y cuál es el que destacan los lectores?
No, no, no me pidas que elija uno, por favor. ¿Cómo podría? Por otra parte, los cuentos que más quiero no son los más logrados, o los más inteligentes, sino aquellos que hacen vibrar una cuerda íntima, muy personal. Con sus máscaras, todos los cuentos hablan de mí. Pero voy a hacer otra cosa, que quizá no sea tan diferente: voy a contar cuáles son los que elijo cuando me invitan a algún ciclo de lectura. Siempre leo “La práctica del zen es difícil” o “Fría luz de luciérnagas”. Decido cuál de los dos a último momento. Un cuento es trágico, el otro intenta algo de humor. Decido en función del efecto que me gustaría generar en esa noche concreta, con ese público, en ese bar particular.
¿Cuáles destacan los lectores? Por suerte no coinciden.

¿Por qué decidiste que los relatos se desarrollen en Japón o tengan como eje la cultura de ese país?
Bueno, no estoy seguro de haber elegido tan libremente. No quiero sonar romántico, pero estoy convencido de que hay algo de fatalismo en lo que uno escribe.
Me voy a explicar mejor. Yo creo que escribir es un acto profundamente voluntario, en el que se deben vencer muchas resistencias. Escribir es trabajoso, porque nos pone de cara a nuestras propias limitaciones. Basta sentarse a escribir una noche cualquiera para recordar que no tenemos el talento que deseamos. Jamás podremos escribir como Kawabata. Todos estamos en el barro, dijo Oscar Wilde, pero algunos miramos a las estrellas. Escribir es mirar a las estrellas, sabiendo que no hay manera de alcanzarlas. En esas condiciones, hay mucho de voluntad y de tesón para conseguir escribir una página cualquiera. Del mismo modo, frente a ese acto profundamente voluntario, creo que los temas nos llegan como algo dado, se nos imponen. En el prólogo de El umbral de la noche, Stephen King desarrolla una teoría interesante. Habla de filtros en el cerebro. Dice que tenemos filtros en la cabeza que hacen que algunos temas se nos atasquen y otros, en cambio, sigan de largo. A todos se nos atascan temas distintos. Me gusta esa idea. Mi cerebro, entonces, siguiendo a King, filtra los temas japoneses, no tengo manera de sacármelos de encima.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Creo que todos somos la suma del cine que vemos, de la pintura que conseguimos apreciar, de la música que escuchamos a diario. Somos el resultado de nuestras lecturas. El arte nos atraviesa y nos transforma. Creo que ese modo de relacionarnos con el mundo va a parar, irremediablemente, a cada página que escribimos. Aunque uno no es del todo consciente de ese pasaje, claro. Dicen que los símbolos siempre exceden a quién los emplea.

¿De qué tema todavía no escribiste pero te gustaría hacerlo en un futuro?
Tengo planeada una novela de ajedrez. Creo que la gran novela del ajedrez argentino todavía no fue escrita.
Soy jugador de ajedrez, aunque hace dos o tres años que no me siento delante de un tablero real, en el Club Argentino de Ajedrez. Algunas noches lo extraño. Otras, agradezco haber podido escapar. Tuve momentos de verdadera fiebre por el ajedrez. Me pasé meses enteros estudiando alguna sutileza de la Najdorf o decidiéndome si la próxima vez que planteara una Eslava me convenía sacar mi alfil o dejarlo adentro de la cadena de peones. El ajedrez provoca eso. El que lo probó, lo sabe. No escribí una sola línea en ese tiempo, fueron años sin literatura. El ajedrez y la literatura son incompatibles, ambos te demandan la vida entera. No se conforman con menos.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
Menciono a autores que leí este último tiempo y que disfruté mucho. Amelie Nothomb, Mariana Alonso, Martín Di Lisio, Daniel de Leo, Convertini, Kamiya, Martín Hain, Hanif Kureishi, McEwan, Nicolás Ferraro, Donleavy, David Foster Wallace, Dazai, Ercole Lissardi, Bellomo, Cormac McCarthy, Castagnet, Élida Saidler, Sancia, Chernov, Karina Sacerdote, Carson McCullers.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
La idea es escribir siempre mejor. Supongo que no soy original con esto, ¿no? Escribir mejor y escribir más. Hacer de la escritura el centro vital de mi jornada. Ojalá consiga pasar de la intención al acto. Así me imagino los próximos años, revirtiendo la tendencia de tanta energía dedicada a otras cuestiones que nunca me interesaron.
Algo interesante que me sucedió dentro del “ambiente”, y que jamás soñé, es compartir una cerveza o un café con escritores que admiro. Tótems inalcanzables que antes leía en silencio, en casa, de pronto estaban cerca. Escribir es una tarea solitaria, no necesita de compañeros, pero qué lindo que es encontrarse con gente que comparte la misma pasión. El otro día le contaba en la oficina que se multiplican en mi mesita de luz los libros de amigos.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con la Editorial Conejos
Le escribí a Ariel Bermani preguntando si los Conejos recibían material. Me contestó enseguida con un “obvio, mandámelo”. Ariel es así, un genio. Fui muy afortunado, estoy muy contento con los Conejos. ¿Qué más puede desear un autor que considerarse amigo de sus editores?

¿En qué otro proyecto estás trabajando actualmente?
Tengo dos novelas inéditas que no veo la hora de que encuentren lectores. También tengo terminado un libro de cuentos. Me dio mucho placer escribirlo, disfruté ser un poco sádico. La idea de belleza con la que juegan esos cuentos sórdidos es bien distinta a la de Hojas que caen sobre otras hojas.
Pero quizás, se me ocurre ahora, esos manuscritos ya son parte del pasado, ya quedaron atrás. Fuera de eso, estoy con varios proyectos. Siempre me pasa lo mismo. Arranco varias cosas a la vez, hasta que llega un momento en que uno se destaca y me reclama exclusividad.




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jueves, 27 de septiembre de 2018

Tatiana Goransky: “Lo que me hizo más feliz fue enterarme de que la leyeron como a una verdadera novela de aventuras”







La escritora Tatiana Goransky publicó la novela Don del Agua con la Editorial Evaristo y habló con Entre Vidas de esta reedición de su libro que empezó a gestarse cuando el Damián Blas Vives se lo propuso unos meses antes de la última feria del libro.





¿Cuál fue la imagen disparadora que da inicio a la historia de tu novela Don del Agua?
No fue una imagen, fue una historia. Mi padre me contó que acababa de conocer a un rabdomante español que podía encontrar agua desde helicópteros. Quedé tomada por la narración y el personaje. Al principio quise conocerlo, pero no hubo manera. Él ya no estaba en Buenos Aires y no logramos rastrearlo telefónicamente. Esa ausencia y todas esas preguntas quedaron flotando ahí, en una viñeta imaginaria. Y la duda que aparecía una y otra vez: ¿Qué tipo de personas serán los rabdomantes? ¿Qué harán con todo ese poder? ¿En el futuro serán parte de una elite que gobernará al mundo? ¿Todos los rabdomantes tienen hijos o hijas rabdomantes? Y ahí ya no pude detener la historia.

¿Tuviste algunas referencias literarias como pueden ser los casos de El viejo y el mar o Moby Dick para escribir la historia?
Siempre quise mucho a Melville pero creo que pensé más en Con la soga al cuello de Joseph Conrad y no tanto en Moby Dick. En Conrad está muy presente el conflicto del individuo frente al bien y el mal. A mí me gustó la idea de trabajar eso desde otra perspectiva, una perspectiva más parecida a la que toma, tal vez, John Irving en El Mundo según Garp. Ahí, los personajes atraviesan situaciones difíciles pero su manera de reaccionar no es la más usual. Hay una profundidad psicológica que los aleja de ciertos lugares comunes y así la experiencia es más personal y la trama que se va tejiendo esconde una subtrama. Muchas veces pienso que los personajes son la historia. Este es uno de esos casos.
De cualquier manera, fuera de las referencias literarias, también tuve muchas referencias cinematográficas: Le Grand Bleu de Luc Besson, The Life Aquatic de Wes Anderson, The Abyss de James Cameron, Le Monde du silence de Jacques- Yves Cousteau y Louis Malle y todos los documentales de Cousteau que pude conseguir.

¿Cómo surgió la idea de incorporar un cuaderno de bitácora a la novela?
Fue casi el punto de arranque. Primero vino el prólogo con la historia del padre rabdomante y después la construcción completa del cuaderno de bitácora. La voz del Capitán era esencial para crear el clima de misterio y aventura que necesitaba la novela. 

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con la Editorial Evaristo
Me contactaron unos meses antes de la Feria del Libro de Buenos Aires para preguntarme si quería reeditar Don del Agua con ellos. Pero, en rigor de verdad, Damián Blas Vives me venía diciendo que quería publicar Don del Agua desde que la leyó en el 2014. En ese momento no tenía una editorial pero ya estaba interesado en el libro.

¿Qué repercusiones tuviste de los lectores de la novela?
Eso siempre es difícil de contestar, pero supongo que lo que me hizo más feliz fue enterarme de que la leyeron como a una verdadera novela de aventuras. Extraño mucho las novelas de aventuras. Creo que es un género abandonado y que sería muy interesante ver qué se puede producir desde el aquí y ahora.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Con el tiempo fui descubriendo que un tema recurrente es la búsqueda de la perfección, casi como karma. Pero también está la exploración del amor, el desencuentro, los lazos biológicos o el tema de lo hereditario, la necesidad de conexión con el otro ya sea a través del éxito o del fracaso, el poder de la imaginación para sortear situaciones traumáticas. En fin, así como me cuesta ceñirme a un género, me cuesta pensar en los temas. Creo que van mutando. Aunque estoy segura de que algunos me acompañarán siempre.

¿De qué tema que todavía no hayas escrito te gustaría hacerlo próximamente?
Algunos dicen que primero vino el verbo, para mí: el personaje. Nunca arranco por un tema, no me funciona como disparador.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
Me gusta más recomendar libros.
Ahí van algunos caballitos de batalla que han superado las pruebas del tiempo y algunos recién leídos: El nadador en el mar secreto de William Kotzwinkle, Las Replicantes de Cristina Peri Rossi, Río Negro de Mariano Quirós, Rosencrantz y Guildenstern are dead de Tom Stoppard, Intimidad de Hanif Kureishi, El Petiso Orejudo de María Moreno, Movimiento Único de Diego Gándara, Como si existiese el perdón de Marina Travacio, Desgracia de J. M. Coetzee, Los restos mortales de Hugo Salas, Esos de ahí afuera de Franco Chiaravalloti, Orgía de Pier Paolo Pasolini, Resonancia siniestra de David Toop, La guerra de los gimnasios de César Aira, El jardín de cemento de Ian McEwan, Hablando del asunto de Julian Barnes, Con el sol en la boca de Matías Néspolo, Una vida más verdadera de Inés Garland, Los bosques de Upsala de Álvaro Colomer, Sierra Grande de César Sodero, No es amor de Patricia Kolesnicov,  Silencio Pentacker de Martín Lombardo, El Campo de Griselda Gambaro, Frankenstein de Mary Shelley, The Waste Land de T.S. Eliot, Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters, Periodismo de Sonia Budassi, Los Rieles de Aurora Venturini, La casa de Bernarda Alba y Yerma de García Lorca, Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, El Silenciero de Antonio Di Benedetto, Más que humano de Theodore Sturgeon, Tres Hermanas de Antón Chéjov, Según venga el juego de Joan Didion, Cosa de negros de Washington Cucurto, El peor de los guerreros de Rodrigo Díaz Cortez, La escucha oblicua una invitación a John Cage de Carmen Pardo, Boquitas pintadas de Manuel Puig,  No aceptes caramelos de extraños de Andrea Jeftanovic, Dos veces junio de Martín Kohan y siempre Hamlet y Macbeth de Shakespeare. Ahora estoy leyendo al mismo tiempo Otro caso de inseguridad de inseguridad de Patricia González López y Acá el tiempo es otra cosa de Tomás Downey.
Seguiría, claro.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Seguir escribiendo. No quedarme estancada en un solo texto. Si no encuentro como resolverlo hoy, lo lograré mañana. La vida es larga (en el mejor de los casos) y nada termina o empieza con un solo libro. Al menos nada de lo que a mí realmente me importa. Reivindicar la imaginación como lugar de poder. Poder hacer; poder escribir; poder perder el control sin consecuencias; poder ver más allá de uno mismo; poder salirse de la cotidianidad; poder ejercer un control absoluto, dentro de un lugar de contención; poder recuperar un espacio de juego; poder disfrutar de lo que se teje. Y, algún día, poder vivir de lo que se hace.



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martes, 25 de septiembre de 2018

Leandro Surce: “Editamos ocho libros en un contexto sumamente hostil”





El escritor y Editor Leandro Surce habló con Entre Vidas acerca de su libro de cuentos Pormenores, publicado por la editorial que maneja llamada Kintsugi Editora. Además, habló de la gran cantidad de libros que publicaron este año pese al difícil contexto del país.





¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Ninguno. Yo asocio la escritura a las disposiciones anímicas. Soy bastante heideggeriano en esto.  Es algo que saco de la experiencia: cuando estoy muy triste o relativamente alegre es cuando más fácil me resulta escribir. Sospecho que cuando uno se encuentra en esos estados de ánimo la camisa de fuerza de las inhibiciones, de las inseguridades, se distiende un poco.

¿Con qué frecuencia escribís?
No soy una persona muy estructurada… No sabría identificar una frecuencia. Sólo sé que de tres años a esta parte he intensificado muchísimo mi ritmo de escritura.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Como mi mamá es bibliotecaria, desde niño estuve en contacto con libros. Recuerdo que agarraba los rojos o los azules (esos de las colecciones de Hyspamérica: los clásicos de la literatura universal, los premios Nobel). Leía cualquier cosa: Homero, Shakespeare, Russell, Beckett. Diría que me la inculcaron los propios libros. Como mis primeras lecturas fueron clásicos, cuando empecé a leer cosas más contemporáneas me resultaba super chocante (casi un insulto) que esos autores no estuvieran muertos. Para mí los libros eran como un legado de los muertos.

¿Por qué decidiste que tu libro de cuentos se llamara Pormenores?
A veces las palabras, sobre todo cuando están en modo título, funcionan como “condensadores místicos”. No te dicen de qué va la cosa pero alguna pista te dan. Tenía varios cuentos cortos y un día se me ocurrió esa palabra. Recuerdo que la anoté en la anteportada del libro que estaba leyendo en ese momento, “Más allá del bien y del mal” (de Nietzsche). Me gusta porque está ligada al acto de contar algo, porque es una invitación a la profundización de una anécdota, por ejemplo. Esto es algo que se ve muy bien, por la negativa, en la expresión: “No quiero entrar en los pormenores de…”.

¿Cómo fue el proceso de selección de los cuentos que aparecen en el libro?
Solitario, hermético. Existen tres ediciones de “Pormenores”: La primera en e-book gracias a un concurso en el que participé (2014), la segunda la que hizo la editorial Qué diría Victor Hugo? (2016), la última la que me di el gusto de hacer a través de mi propio sello, Kintsugi Editora (2018). Para la segunda edición, Andrés Alvarado y Gastón Córdova (mis entonces editores), me dieron una mano con la selección. En los otros casos intervino meramente el criterio personal. En la última versión, además de hacer retoques, agregué tres cuentos más.

¿Cuál es tu cuento preferido del libro y cuál es el que destacan los lectores?
Mi preferido es “Por amor”. Siempre lo fue. No sé muy bien por qué. Quizás por ese Japón que desconozco. Quizás por cierta relación de sustitución entre el hijo perdido en la guerra y esa pobre criatura a la que Aiko e Ibuki no dejan crecer. Los lectores destacan “A galope” o “Campo de girasoles”.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
De cualquier cosa (en el buen sentido). Por ejemplo, ahora (ahora desde hace años) estoy fascinado con los monstruos. Exploré un poco. Escribí algunos cuentos, microrrelatos y hasta un ensayo bastante exhaustivo sobre el tema. Pero también me interesa mantener cierto diálogo con la literatura clásica y con la mitología pagana. Ahora (ahora ahora) estoy con eso. Pero como te decía, pude ser cualquier cosa. Acabo de terminar un libro de cinco cuentos. Cuando terminé de escribir los primeros tres me di cuenta de que, a pesar de que en cada caso los personajes cambiaban, el personaje principal siempre era el mismo, que operaba desde un fondo insospechado. Después escribí los otros dos. Pasó exactamente lo mismo. En todos es crucial el más grande de los seres inanimados. Como tema no sé de dónde salió pero ahí está, armando una constelación a su alrededor.

¿Cómo surge Kintsugi Editora?
Surge en noviembre de 2017, con la publicación de un libro bellísimo de cuentos de Mirta Ovsejevich (ella es la culpable): “Matar a los testigos”. También del deseo que tenía de armar un espacio más inclinado hacia la narrativa; un espacio que, además, hiciera lugar a la microficción.

¿Por qué se llama así?
Por su floreciente remisión. En su novela “Fractura”, Andrés Neuman la resume muy bien: “Cuando una cerámica se rompe, los artesanos del kintsugi insertan polvo de oro en cada grieta, subrayando la parte por donde se quebró. Las fracturas y su reparación quedan expuestas en vez de ocultas, y pasan a ocupar un lugar central en la historia del objeto. Poner de manifiesto esa memoria lo ennoblece. Aquello que ha sufrido daños y sobrevivido puede considerarse entonces más valioso, más bello”.

¿Cuáles son las próximas publicaciones de la editorial?
Este año fue un año tremendo. Editamos 8 libros en un contexto sumamente hostil. En este último semestre presentamos dos títulos: “Crónicas de infancia”, de Joaquín Vazquez (poeta, filósofo, hincha de central… nadie es perfecto) y “La piel de Judas”, de Martín Moureu (si el día de mañana San Pedro no me deja entrar es por culpa de Martín). El primero es un libro que, oscilando entre el relato breve y la crónica, da cuenta de la experiencia de un profesor de filosofía con niños. Joaquín tiene el gran mérito de haber logrado plasmar la voz de los chicos, sin distorsiones, mediante su prosa ágil, sensible y lúdica. El poemario de Martín es una locura. Se trata de un gran poema narrativo escrito en tercetos que abreva en varias tradiciones, como la gauchesca. Por último, estamos trabajando en el noveno libro: “Heroína – La guerra gaucha”, una novela de Nicolás Correa. No le falta nada. Tiene una trama muy original (vehiculizada por un lenguaje osado, atrevido) en la que la búsqueda de la identidad y del amor confluyen en un escenario trágico como lo fue la guerra de Malvinas. 

¿Qué criterio utilizan para la elección del material que publican?
El gusto personal es decisivo pero no el único factor. Sin cierto espíritu de apertura sería imposible construir un catálogo variado. Sin embargo, la originalidad, formal o temática, es algo por lo cual siento especial debilidad. Por lo general, si leo un libro que no me produce ningún impacto (ni emocional ni estético ni nada), aunque esté escrito superlativamente bien, tengo que desestimarlo.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
Mario Levrero (en especial sus novelas “París”, “El lugar”, “La banda del ciempiés”), el último libro de Fernanda Trías, “No soñarás flores” (de cuentos), también el último de Yamila Bêgné, “Los límites del control” (me encanta su prosa elegante, su apertura cósmica),  “Hojas que caen sobre otras hojas”, de Miguel Sardegna (un libro precioso, poético. Brilla como el oro en la tiniebla reposada de un templo nipón), “Bengalas” o cualquier otro libro de Enrique Decarli (¡lean a este autor!), “No tenemos apuro”, de Carolina Bruck, “El loro que podía adivinar el futuro”, de Luciano Lamberti (kafkiano, stevensoniano, cortazariano), etc. 

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Cuidar el medio ambiente.

¿En qué nuevo proyecto estás trabajando actualmente?
Aparte del libro de cinco cuentos que mencioné, que se me impuso de repente y fue una gran sorpresa para mí, me falta poco para terminar un libro de cuentos que actualiza y reversiona temáticas mitológicas (tanto paganas como cristianas). Algunos cuentos están en fase corrección, otros escribiéndose. También estoy en proceso de hacer la selección definitiva de los microrrelatos que integrarán un libro que todavía no sé cómo titular. Muchos de estos microrrelatos andan actualmente desperdigados por antologías, revistas y blogs.





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lunes, 17 de septiembre de 2018

Emmanuel Lorenzo: “También escribo para sanar, también escribo para no olvidar una vez que sané”






El escritor Emmanuel Lorenzo publicó el poemario La felicidad de los témpanos a través de Peces de Ciudad Ediciones y comentó que le gusta decir que escribe sobre surrealismo social, un género que hibrida el realismo crudo del conurbano con la maravillosa deformación de las formas que la poesía habilita.





¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No hay rituales específicos más que cierto ensimismamiento conmigo y con una sensación o historia que necesito contar, ya sea en la mansedumbre nocturna de una casa, el caótico trajinar del tren o la servilleta del café de paso. Creo que hay que desacralizar a la escritura, presentarla como el ejercicio artístico de la realidad y sus dimensiones a través de un lenguaje poético.

¿Con qué frecuencia escribís?
Escribo a diario, tanto en casa como en los espacios que frecuento. Si me acuesto sin haber escrito,  la noche se ahueca, cierta culpa me corroe hasta obligarme a levantarme de la cama y escribir, probablemente, sobre esa misma culpa. Es paradójico como, a menudo, la necesidad de escribir se ladea hacia la autorreferencialidad.
Siempre que coordino un taller literario y me indagan sobre la frecuencia de la escritura, intento trasmitir que no debemos únicamente esperar aquel idílico susurro o la idea donde converjan todas las realidades; a veces, sólo hay que empezar a escribir, como una literatura automática que da testimonio sobre el presente. Uno de mis primeros personajes narrativos se llamaba Aurelio, un sextuagenario que se sentaba a diario a orillas de la calle a describir minuciosamente todo lo que sucedía a su alrededor.

¿Quién te inculcó tu amor por la poesía?
Si bien toda mi familia se caracterizó por la devoción literaria y, afortunadamente, crecí en un hogar poblado de libros, mi madre fue siempre la simiente poética. Llegada a Buenos Aires desde Corrientes a los quince años, todo en ella está habitado por una nostalgia perenne que traduce en cierta forma poética de hablar sobre su niñez. Aún hoy se acoda sobre la mesada de azulejos partidos de la cocina, extravía su mirada en la ventana que da al patio y recita de memoria versos que escuchó cuando era joven. Los primeros versos que aprendí se los debo a ella; también cierta colección de poetas latinoamericanos que tomé prestada indefinidamente,

¿Por qué decidiste que tu libro de poesía se llamara La felicidad de los témpanos?
Desde chico me duele la felicidad, me duele el alrededor, a veces hasta pienso que se trata de una facultad que no he descubierto esa de ser “feliz”. Me refiero, por supuesto, a esa felicidad plena, a la ceguera indiferente hacia los demás. Ser feliz de esa forma se me hace vulgar, incluso egoísta.
Puede entonces que sea feliz a mi manera, adoleciendo a diario, llorando con frecuencia, buscando la palabra justa. Ésa es la felicidad de los témpanos, una sonrisa crítica, algo ácida, algo frágil. Pero orgullosa de su fragilidad porque se sabe parte integral de un todo al que abraza a oscuras, al no le quiere ni puede ser indiferente. 

¿Cómo fue el proceso de selección de los poemas que aparecen en el libro?
El proceso de compilación y selección fue un desafío porque buscaba crear una línea de familiaridad entre todos los textos, pero, a su vez, había conceptos de fondo que no quería sacrificar. Resolví, finalmente, dividirlo en cuatro capítulos que respondieran a la raíz madre: La felicidad de los témpanos. “Invisibles”, “Extrañamiento”, “La Memoria, mi habitación y el tiempo” y “Desentierros, desiertos y la mañana para dos” se gestan como pequeños ecosistemas en transformación que dan cobijo a las bestias heridas, excitadas, inconscientes y sensibles que se traman entre los textos. En esa idea, el libro es un ser que pulsa una línea poética, diversificada pero distintiva entre sus partes.
Invisibles es la marea sedienta, las realidades desgraciadamente constantes, quizá la única palabra esencial del libro; Extrañamiento, una mirada torcida a las escenas inconclusas diarias; La Memoria, mi habitación y el Tiempo es pulso, desolvidar, denuncia de la infrecuencia e ilógica de los espacios individuales; y Desentierros, desiertos y la mañana para dos, una forma de pedir perdón, otra de besar y, ante todo, la nostalgia atípica de extrañar futuro mientras se construye el presente.

¿Cuál es tu poema preferido del libro y cuál es el que destacan los lectores?
En esta oportunidad, elegiré como mi poema preferido al 4, porque da cuenta de una de las realidades del área Reconquista, en mi entrañable partido de Gral. San Martín.
El último de los poemas, el 49, suele ser recibido con empatía por varios lectores; siento que a través de sus líneas logré expresar esa incertidumbre cruda del adiós a una relación, esa mezcla sin nombre de rabia, dolor y, finalmente, agradecimiento. Además, la esperanza de su último verso es una columna poética para la supervivencia después de una despedida.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Me gusta decir que escribo sobre surrealismo social, un género que hibrida el realismo crudo del conurbano con la maravillosa deformación de las formas que la poesía nos habilita. He escrito sobre los trenes y sus pájaros, sobre las despedidas, incluso quienes todavía no conocí; pero, ante todo, sobre lo que me duele, eso que está ahí afuera, y cuando lo escribo, ya forma parte de mí. También escribo para sanar, también escribo para no olvidar una vez que sané.
Una de mis citas literarias favoritas es esa del dramaturgo alemán Beltolt Brecht: “El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma.” De eso se trata, la literatura como mecánica de desintegración de tabúes y principio de inclusión. Lo que no se dice, permanece oculto. Lo que se calle, duele a escondidas.

¿Qué temas de los que todavía no escribiste te gustaría hacerlo en un futuro?
He tenido la suerte de viajar a Europa del Este, específicamente a los Balcanes, y conocer de cerca testimonios sobre el genocidio bosnio y la herencia soviética de la región. Los temas de geopolítica son algunos de los más apasionantes de la literatura, pero no han encontrado su eco en las formas poéticas argentinas, a excepción, quizás, de la poeta Natalia Litvinova.
También pienso en un poemario inspirando en y que únicamente abarque la anatomía de las criaturas artificiales creadas por la sociedad y su adecuación a los ecosistemas naturales. Hablo del tránsito, del ruido, de la contaminación, pero especialmente hablo del tiempo, la más salvaje de todas las invenciones del hombre.

¿Qué libros o autores recomendarías leer? 
Recomiendo ante todo a Belek Antar, un poeta riojano que me influyó radicalmente. También a Juan Ortiz, Leonidas Lamborguini, Alejandra Pizarnilk, Juan Gelman y Vicente Luy. También al chileno Nicanor Parra, a la uruguaya Idea Vilariño,  al cubano José Martí y al peruano Cesar Vallejos. De la innumerable lista de maravillosos poetas mexicanos, nombro a Sor Juana Inés de la Cruz y a Eduardo Lizalde. A esta antojadiza lista de poetas latinoamericanos, sumaré al británico Dylan Thomas, en agradecimiento.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con Peces de Ciudad Ediciones
Peces de Ciudad es una de las editoriales más admiradas del circuito independiente argentino por la devoción que tiene por la publicación autogestiva y de calidad. Hacia 2017 había tenido la oportunidad de leer poesía en dos de sus encuentros de San Telmo y, aunque por entonces trabajaba en una novela, conversamos la posibilidad de publicar un poemario que, meses después, se editaría como “La felicidad de los témpanos”.

¿En qué nuevo proyecto estás trabajando actualmente?
Uno de los proyectos en que me estoy concentrando es un poemario escrito en pretérito y primera persona, desde la voz narrativa de un joven que cuenta a través de poco más de veinticinco poemas el pasado de su familia. La historia transcurre en el conurbano profundo y da cuenta de las flaquezas y dulces dramas que cada familia esconde o de los que se enorgullece. Se trata de una mirada, algo satírica aunque desnuda y tierna, de un semblante familiar atípico pero representativo.



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Marcelo Rubio: “Es una novela con personajes extraños que viven en un sitio no menos raro con una laguna seca”





El escritor Marcelo Rubio publicó la novela Lo que trae la niebla a través de Indómita Luz Editorial y habló con Entre Vidas acerca de la historia que tiene como protagonista al periodista Oscar Raimondi al que se le impone un encargo difícil. Además, el autor comentó que está corrigiendo dos novelas y sigue escribiendo cuentos que es el territorio en dónde dice que se siente más cómodo.





¿Cuál fue la imagen disparadora que dio inicio a la historia de tu novela Lo que trae la niebla?
La imagen apareció en el sur, estaba en San Martín de los Andes, una tarde vi bajar, desde los cerros, una niebla intensa, en segundos cubrió toda la ciudad. Era fines de enero y se escuchaban tambores (creo debían ser de una murga ensayando). Allí surgió la idea de hablar de un pueblo y su niebla.

¿Por qué decidiste ponerle ese nombre?
No sé. El título era más largo, Nunca se sabe lo que trae la niebla. Demasiado extenso. Lo real es que jamás varió de esas palabras, fue ese título desde que inicié el manuscrito. Sospecho, ante tu pregunta, a que la niebla de esta novela, en parte, trae respuesta para el lector.

¿Cómo fue el proceso de construcción del protagonista Oscar Raimondi?
Raimondi, el periodista, surge inmediatamente con el argumento de la novela. A él se le impone un encargo difícil, yo lo necesitaba como narrador de los hechos, de personajes. Y el pobre Raimondi, me hizo caso. Ironía al margen, fue un personaje firme desde el inicio de la novela.

¿Cómo se dio la posibilidad de publicar el libro con Indómita Luz Editorial?
Martín Sancia Kawamichi, gran escritor de novelas (Hotaru, Shunga) y libros infantiles y de cuentos para adultos, le comentó a Diego Ardiles integrante de Indómita Luz, que me pida algún material ya que estaban buscando escritores. Por suerte Diego le hizo caso y me invitó a que le envíe alguna novela. Le mandé Lo que trae la niebla y le gustó. La editorial Indómita Luz es nueva en el mercado, trabaja con gran seriedad, está armando un hermoso catálogo. Indómita está en directa relación con las Confederación de trabajadores de economías populares. Y junto con otras editoriales, escritores y libreros, formamos partes del Colectivo trabajadores de La Palabra (CTP) que funciona en defensa de la cultura, la difusión de la literatura y la necesidad de que las publicaciones lleguen a todos y todas.

Para el que todavía no leyó la novela, ¿con qué se va a encontrar?
Primero, definiendo por la negativa, no se van a encontrar con muertos vivos, ni con asesinatos, ni sangre, ni violaciones. Si buscan eso, no se acerquen a Lo que trae la niebla. Yendo por la definición concreta: Es una novela con personajes extraños que viven en un sitio no menos raro con una laguna seca. Todos están esperando la llegada de un barco, en esa tensión y la búsqueda de un boxeador de quién no se sabe nada desde hace años, un policía que escribe haikus y una prostituta que cuida bonsáis de sauces llorones, funciona Lo que trae la niebla.

¿Qué repercusiones tuviste respecto de los lectores de la novela?
Muy buenas, en redes sociales hay comentarios muy positivos, comentarios que también se replican en mensaje privados y en charla de reuniones. Estoy contento por eso, por la aceptación que ha tenido.

¿De qué tema que todavía no escribiste tenés pensado hacerlo próximamente?
La verdad no tengo idea. El universo de temas es tan amplio que sospecho no haber escrito de casi nada, y ahora que lo pienso, terminé escribiendo de cosas poco trascendentales.

¿Qué libros de los que hayas leído últimamente recomendarías?
Muchos, Tres veces luz de Juan Mattio, Cruz de Nicolás Ferraro, Nostalgias de la Habana de Gabriela Guerra Rey. Como perro que ladra en la oscuridad de Goldman. Cenizas de Carnaval de Mariana Travacio. Ese pálido mundo mío de Martín Sancia. Y muchos más libros, de Juan Guinot,  Matías Bragagnolo, Agustina Bazterrica, Ezequiel Dellutri, Horacio Convertini, Claudia Sobico. En fin, varios más, usaríamos dos páginas de recomendaciones.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy corrigiendo dos novelas (Cuatro Versos y El Cristo roto) y terminando el rearmado de una novela, no me animo a decirle negra, pero con tintes, llamada “Tatuajes”. Y como siempre escribo cuentos, que es, en verdad, en el territorio que me siento más cómodo.



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